Habemus ayatolá
Bienvenidos a la Pequeña España
Habemus Ayatolá. Irán ha elegido a su nuevo líder supremo y, oye, qué sorpresa, resulta que el nuevo jefe es el hijo del anterior. Jamenei sucede a Jamenei. Desde ayer, Irán se ha convertido en una teocracia hereditaria.
Hay que tener suerte porque el ayatolá es como el Papa, el vicario de Dios en la Tierra, el único que habla con él. Hay que tener mucha potra para que en una familia iraní haya dos miembros, el padre y el hijo, con hilo directo con el todopoderoso. Hay más probabilidades de que te toque el gordo de Navidad que de hablar con Dios. Pero, en Irán, una familia ha triunfado.
Hemos tenido mala suerte porque la aviación israelí bombardeó el edificio donde se reúne el consejo que elige al nuevo ayatolá y que no se juntaba desde hacía veintisiete años. Tiraron un pepino y reventaron el edificio, pero la reunión ya había terminado. Supongo que a partir de ahora celebrarán reuniones telemáticas para evitar que les metan un misil en el turbante.
En cualquier caso, el estado iraní está diciendo al pueblo y al mundo que nada ha cambiado, que el país está en guerra contra el gran satán, Estados Unidos, y el pequeño satán, Israel, y que Irán va a ganar. Ese es el mensaje.
Mi mensaje es que, como de costumbre, la religión es como todo lo demás, un negocio. Un negocio que juega con la fe de la gente. Al igual que en las empresas, hay gente buena y gente mala. No todos los curas son malos. Hay de todo, incluso hemos tenido Papas buenos, no muchos, pero los ha habido buenos. Y el negocio es el de siempre, poder y dinero.
Esto vale para todas las religiones porque siempre hay un escalafón, una cadena de mando, y cuando hay una jerarquía hay privilegios, el primero de ellos es mandar.
El comunismo preconiza igualdad para todos, pero también es una religión en la que prosperan los que están en la cima de la pirámide. Es siempre lo mismo.
Unos matan en nombre de Dios, otros matan en nombre de Karl Marx o del libro rojo de Mao. Nosotros, los que estamos en el lado correcto de la historia, y no como la inculta de Susan Sarandon, hemos matado en nombre de Dios, ahora matamos en nombre del libre mercado. Todo es poder y dinero porque somos seres humanos, imperfectos, codiciosos y envidiosos.
Para no deprimirnos, lo mejor es aferrarse al amor. El amor de una madre, un hijo, tu esposa, tu amante, el butanero, tu equipo de fútbol, o Dios. Pero amor, sin tarjeta de crédito.
Hasta pronto.